UNOPS

Preparémonos para un futuro de desastres naturales

  La ciudad de Bhaktapur (Nepal) tras los terremotos de abril de 2015. Fotografía: Órla Fagan/OCAH


Artículo de opinión de Grete Faremo, Secretaria General Adjunta de las Naciones Unidas y Directora Ejecutiva de UNOPS.

Como se publicó en el Huffington Post.
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No se dejen engañar por la posibilidad de éxito tras la cumbre sobre el clima que se celebró en diciembre en París. Aunque todos los países se comprometan a limitar el calentamiento global a 1,5 grados este siglo, esto seguirá suponiendo profundos cambios en el mundo que conocemos.

Existen cambios lentos pero graves que afectan al medio ambiente: los glaciares se derretirán, lo que modificará los flujos de agua drásticamente en el sur de Asia y en partes de América del Sur; el nivel del mar aumentará y, como consecuencia, millones de personas se verán desplazadas y muchas ciudades serán casi inhabitables; las sequías obligarán a poblaciones enteras a marcharse de su tierra. Las migraciones masivas se convertirán en una característica permanente de nuestro siglo.

Pero también existe la gran posibilidad de que se produzca un aumento drástico de los patrones meteorológicos violentos: los desastres serán lo normal.

Tomemos como ejemplo el aumento del nivel del mar: un posible aumento permanente estará precedido por años de mareas extraordinarias, marejadas ciclónicas e inundaciones temporales.

Es probable que el preocupante aumento de las inclemencias meteorológicas durante las últimas dos décadas continúe, lo que traerá consigo vientos más fuertes, más precipitaciones y un mayor número de daños asociados de los que vemos actualmente.

¿Un panorama deprimente? Desde luego. Tanto es así que la mayoría de nosotros, incluidos los líderes políticos, somos propensos a ignorar los sólidos fundamentos científicos detrás de estas advertencias y a adentrarnos en el futuro sin estar preparados.

No obstante, el ser humano es una especie asombrosa. Tenemos la capacidad de planificar y de preparar y, al hacerlo, somos aparentemente capaces de adaptarnos a casi cualquier cambio. Somos una de las especies más resilientes del planeta. La resiliencia es la capacidad de soportar o recuperarse de perturbaciones; no significa simplemente sobrevivir a una adversidad, sino que implica la planificación, la preparación y la creación de estructuras y sistemas que puedan hacer frente a dichas perturbaciones.

Hasta la fecha, la planificación para situaciones de desastre, especialmente en los países en desarrollo, se ha centrado principalmente en cómo reducir la pérdida de vidas y cómo reconstruir después de los desastres. Si vamos a enfrentarnos a los retos que plantean los violentos efectos del calentamiento global, tenemos que integrar la resiliencia en nuestra planificación para el futuro.

Tenemos que hacerlo con la idea de soportar los desastres en todo lo que hacemos: nuestros edificios, nuestra infraestructura (incluida la infraestructura digital), nuestras redes de seguridad social e incluso los sistemas de gobernanza.

Algunos de estos aspectos son evidentes: los edificios estables y los diques resistentes protegen a las personas. Pero también lo hace la "infraestructura inmaterial", como la cobertura sanitaria universal, los registros catastrales y los seguros de propiedad. Ambos aumentan las posibilidades de que las personas pobres puedan hacer frente a los efectos de las calamidades sin que suponga una ruina económica.

La principal diferencia entre los 13 fallecidos que causó el terremoto de 8,4 grados en la escala de Richter que sacudió Chile el pasado mes de septiembre y las más de 230.000 personas que perdieron la vida en el terremoto de 7 grados que golpeó Haití en 2010 es una buena planificación de la resiliencia. Probablemente el efecto del terremoto en el crecimiento económico de Chile no se notará durante mucho tiempo; sin embargo, Haití sigue luchando para reconstruir la economía del país.

Desarrollar la capacidad de resiliencia ante perturbaciones en nuestra infraestructura social y física ha sido siempre una inversión inteligente. En el futuro al que nos enfrentamos, se trata de una inversión esencial.

No obstante, hemos llegado a creer la terrible falacia de que el impacto de los desastres está simplemente asociado a la pobreza más que a la resiliencia. Esa falacia alimenta el fatalismo: sacudimos la cabeza y aceptamos con tristeza que 10.000 personas hayan perdido la vida a causa del tifón Haiyan en Filipinas y, sin embargo, nos afecta que los incendios forestales de California hayan dejado casi una decena de fallecidos.

Aunque el desarrollo de la resiliencia necesita inversiones, no tiene sentido creer que la resiliencia es un lujo que solo los países ricos se pueden permitir. Medidas relativamente simples, como aplicar códigos de construcción básicos; establecer estándares mínimos para la calidad de escuelas, hospitales y otros edificios públicos esenciales; construir estructuras de protección básicas contra los efectos del mar; y asegurar sistemas de apoyo para la electricidad y las comunicaciones, entre otras, podrían reducir drásticamente el número de víctimas y disminuir el daño económico en los países de ingresos bajos a un precio bastante reducido. Sin duda, el precio del desarrollo de la resiliencia es siempre menor que el precio de la reconstrucción después de que se produzca un desastre.

Los resultados extraídos en París han sido un compromiso para reducir las emisiones de carbono y así evitar una catástrofe en el futuro; sin embargo, no deberíamos perder de vista nuestro compromiso de preparación ante los desastres que ya son inevitables.